domingo, septiembre 10, 2006

MUNDO MÍSTICO


LOS LAMENTOS DE UN MURO

En una ocasión, conversando con el investigador Juan Guillermo Prado en su estación de trabajo de la biblioteca del antiguo Congreso Nacional, le consulté cuál era el motivo de que las animitas tuvieran forma de casita. El me respondió que en realidad la idea no era hacer casitas, si no templos.

En todas las civilizaciones ha existido el culto a los muertos y a las tragedias, algunos en forma más extrovertida que en otras, y haciendo una observación más acuciosa, la afirmación de Prado no es tan incorrecta.

Hay animitas que no necesariamente son casitas. A veces son muros, árboles, parquecitos o simplemente una figura, como un santito o una cruz.

En Jerusalén, existe un sitio de veneración tan importante como la Mezquita de Al Aqsa o la Iglesia del Santo Sepulcro, y se trata tan sólo de un bloque de piedra llamado el Muro de los Lamentos.

En Santiago, en el sector de Estación Central, en la calle San Borja, existe un sitio que, según Juan Guillermo Prado, es la animita más importante de Chile. Se trata del muro de Romualdo Ibáñez.

Según cuenta la leyenda, a principios del siglo veinte, Ibáñez se estaba recuperando de una rebelde tuberculosis. Muy débil, circulaba por calle San Borja, cuando un grupo de delincuentes, de esos que no merecen ni el perdón de sus madres, se le acercó para hacerlo uno más de sus víctimas.

El desgraciado caminante, sacando fuerza de las reservas de dignidad que le quedaban en el alma, trató de oponer resistencia y defender los pocos pesos que tenía en el bolsillo. Fue este acto el que le abrió las puertas del cielo, el que le santificó…, el que le quitó ese aire sanguinolento de los pulmones.

Se dice que, apoyado en el muro que hoy lo recuerda, fue hallado su cadáver, aquel que albergó un alma resignada a la voluntad de la frágil vida y de la rígida muerte.

Juan Guillermo Prado sostenía en esa conversación que las muertes trágicas, esas repentinas y macabras, son caldo de cultivo para hacer de ellas un acto de veneración. Frente a un suceso funesto, nace la necesidad de los deudos de eternizar la memoria del fallecido.

Y debe ser un sentimiento muy fuerte. Genera tal respeto que, en el caso de Romualdito, se remodeló todo el sector de la Estación Central y el muro quedó intacto. Y a medida que pasa el tiempo se adhieren más plaquitas, se prenden nuevas velas y se suman más oraciones. Porque quizás ese muro realmente escucha nuestros lamentos y tal vez ese joven tísico lo descubrió con sus sollozos y penas de muerte.

1 Comments:

At 7:23 p. m., Blogger Orlita Romero Gómez said...

visita la animita blogger...
saludos.
Orlita...

 

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