domingo, septiembre 10, 2006

LA VERDAD DE LA PALABRA

SANTIAGO

En el colegio siempre me enseñaron que nuestra capital se llama Santiago porque un señor español, de barba y a caballo, llegó a un valle de climas mediterráneos y de características similares a una localidad de la madre patria llamada Nueva Extremadura y la bautizó así. Pero nunca se me explicó el origen de Santiago.
Haciendo algunas averiguaciones, pude enterarme de que ni siquiera debería llamarse Santiago, sino San Jacobo. Me explico. El santo patrono de España es el apóstol Santiago. No obstante, entre los discípulos de Jesús hay dos Santiago, el mayor y el menor. El primero murió decapitado por orden de Herodes Agripa y el segundo fue lanzado desde gran altura de un templo judío por validar la existencia de Jesús.
Según antiguos escritos, Santiago el Mayor difundió la palabra divina en algunas regiones de España, específicamente en Galicia y Zaragoza. Como muestra de devoción a estas prédicas, los reinos católicos de la península ibérica adoptaron a Santiago el Mayor como su santo patrono. Pero he ahí el origen del error.
En los tiempos de Jesús, la lengua oficial de la región de Judea era el arameo, y entre los vocablos y fonemas de ese idioma no existe el nombre Santiago. Por lo tanto, los dos apóstoles en cuestión poseían la nominación de Iago o Yago. Con la vasta difusión del latín como consecuencia de la dominación del imperio romano, el nombre se transformó en Jacob (se lee Yacob).
La perduración de un idioma depende fundamentalmente de la capacidad de hacer un registro escrito de él. En el caso del idioma español, en épocas medievales, la habilidad de leer y escribir era privilegio de sólo algunos personajes, generalmente escribanos. Para el resto de la población, el lenguaje era sólo hablado.
Según cuentan ciertas crónicas antiguas de guerra, cada vez que las tropas españolas se aprontaban a la batalla, se encomendaban a Dios y a Saint Jacob. Dentro de la batahola, se escuchaba “Saintyacob”, lo que prontamente se escuchó y masificó como “Santiago”.
Ya como una proyección ociosa, me preguntaba qué habría pasado si Pedro de Valdivia hubiese hablado Inglés o Francés. ¿Seríamos pobladores de Saint James o Saint Jacques? Pero esa duda es la que me queda ahora. La del colegio ya quedó disipada.